Hacía tiempo que no escribía.. he estado ausente, pero ya he vuelto...

Ya estoy aquí... he dejado atrás al tiempo. Me fuí con la trazada cálida que dejaron tus dedos sobre mi cara, helada por un viento que vino de todas partes y no me llevó a ningun lado. Caminé hasta el tren que me devolvió a la realidad atravesando un boulevard, rodeado de edificios construidos sobre los hombros de unas estatuas petreas que nunca se mueven de ahi, llueva, haga frio o salga el sol.

Al llegar a la estación, el letrero luminoso que nunca me iluminó de nuevo, me recordaba sin saltarse un solo minuto, que mi tiempo allí se acababa. Con la mirada perdida en el anden opuesto, el tren irrumpió con estrépito en mi campo de visión sin por ello hacerme entornar apenas los párpados, mientras el olor a motor eléctrico y el sonido a mecanismo hidraúlico nos arrasaba a mi, y a todas las sombras que intuia junto a mí mientras nos arremolinábamos en torno a la puerta para entrar.

Una vez dentro, apoyado sobre la puerta opuesta, mirando esta vez como se cerraba  por la que entré, y viendo como el tiempo aceleraba de nuevo hacía lo real y dejaba atrás tus millones de besos, y tus abrazos muertos... el sol a mis espaldas atravesando las cristaleras del vagón y queriendo atravesarme a mi también, se coló entre el minúsculo hueco que dejó mi ropa junto a mi cuello haciendome sentir de nuevo, cálido en mi interior.

Mi sombra, a la que olvidé atar a mi cuerpo, comenzó a jugar con los rayos del sol, recorriendo el tren de un lado a otro buscándote para perderse en tu luz, olvidándose por momentos de que te llevaste la luz que me quedaba en tu última mirada antes de cruzar, donde extendiste tu mano diciendome adiós haciendome apartar la mirada, para no volverla nunca atrás.

Hay sombras, que ni con cien soles... Hay flechazos, que al igual que perdigones, se instalan en el corazón en vez de en las cabezas. Hay tarjetas que no existen, con las que no se podrían pagar las sonrisas, ni apagar las luces... que ahora son sombras.